miércoles 18 de noviembre de 2009

Inás, Sibila de Mesilas

He soñado, madre, he soñado. He oído el tañido alarmado de la campana llamando a la guardia. He reparado en los fuegos del campamento enemigo, en lontananza, y eran muchos, madre. He visto cerrar la muralla y elevar el puente con miedo.

He visto a los capitanes buscar órdenes, madre. He oído de su boca audaces planes. Son valientes, madre, quieren atacar por sorpresa al ejército enemigo. He presenciado cómo les daban la orden. He sentido sus corazones henchidos de orgullo y coraje, madre. He visto sus esperanzas rotas en pedazos y su sangre derramada en la batalla.

He oído llamar a las armas. He visto correr la noticia inflamando casa por casa. He contemplado los pendones, ondeando orgullosos en lo alto de las torres. He sentido la esperanza puesta en la sangre joven de nuestro gallardo ejército, madre. He visto humillada nuestra bandera, quebrado el astil y muerto el portaestandarte, pisoteado por hombres y bestias.

He visto a los mozos, madre. Ya han llegado al alcázar. Tan rubios, tan altos, tan guapos. He notado sus ojos asustados, sus caras serias. He oído sus pasos nerviosos, madre. Ninguno se echará para atrás, son todos leales. Pero he visto su muerte, madre.

He contemplado cómo visten las brillantes corazas, madre, todas con el blasón de la luz. He visto cómo se ajustan los cinturones y correas, armados de afilado acero. He visto cómo se mellan y quiebran esas armas contra el enemigo insuperable. He contemplado cómo cubrían sus cabezas con yelmos dorados, coronados con alas, con laureles o con brillantes rayos de sol, madre. He visto cómo ceñían a sus fuertes brazos guanteletes y protectores. He visto fatigados y vencidos esos fuertes brazos, madre.

He apreciado el noble y rico tejido de las sobrevestes: seda y lino, bordados de plata y oro. He admirado sus bellos blasones: sol naciente sobre lago plateado, madre. He contemplado sus finas telas cubrir la fiera dureza de las armas. He visto sus nobles ropas manchadas de su noble sangre. Y he llorado, madre.

He sentido retumbar el suelo con los firmes cascos de los más puros sementales de nuestras cuadras. He oído el agudo relincho de las bestias, desafiante y poderoso, madre. He visto sus ojos llenos de pánico al oler a la negra acudiendo en su busca. He visto a los más indomables quebrados y a los más asustadizos huir despavoridos, abandonando caballeros maltrechos. He llorado por tanta pérdida, madre.

He admirado la formación resplandeciente, madre. He disfrutado del sol radiante de sus ojos, reluciendo en su armadura. He visto a los capitanes enardecer a sus valientes, arengar a sus escuadrones, blandir la brillante espada de la justicia, madre. He visto caer a todos, madre, ensangrentados, rotos, destrozados. He llorado, madre.

He visto a nuestros capitanes solicitar la bendición del rey, madre. He notado sus ojos, fieros y seguros en combate, emocionados al oír sus breves palabras de aliento y despedida. He visto partir a la tropa hacia la noche sin final. Y he llorado, madre. He llorado.

He contemplado nuestra legión por el puente, atravesando la muralla. He visto flores y besos, miradas de despedida, tequieros susurrados al paso de la columna, madre. He visto partir hacia la más negra desesperanza a nuestros mejores muchachos. Y he llorado porque sólo yo lo sabía, madre.

He visto cabalgar orgullosos a nuestros hombres, blandir fieros las lanzas contra la insuperable. He visto caer uno tras otro, rota su arma, rota su vida, madre. He visto las negras flechas de la traición emboscar nuestro ejército. He visto a la muerte cara a cara, madre.

He visto madres, esposas, hijas y hermanas plañir destrozadas. He oído a niños y viejos maldecir en todas las lenguas. He sentido dolor y desesperanza, madre. He respirado rabia, desaliento y frustración. He llorado el dolor de mil madres, madre. He contemplado a todo nuestro ejército aniquilado por una traición. Y he llorado, porque sólo el delator y yo lo sabíamos.

Ya no quiero dormir más, madre. Sólo llorar por las mujeres y por la terrible pérdida que he visto. Sólo sufrir cada gota de desesperación en mi propia alma. Sólo hundir la cabeza en tu pecho y llorar, madre. Yo lo he visto todo.

Ya no quiero dormir más, madre. Ahora debo llorar yo también: he visto al traidor en mi sueño. Y ahora soy yo quien sufre el dolor y la desesperanza, madre. He seguido sus arteros pasos hasta el enemigo y he oído cómo revelaba la intención de nuestro ejército, madre. He caminado tras el traidor hasta la ciudad y he contemplado sus asustados pasos hasta nuestra casa. Te he visto a ti, madre.

Por eso debía matarte, madre. He visto mi cuello degollado con este cuchillo que ahora atraviesa tu pecho. Pero ya no será, madre. Ni la muerte de nuestros hombres. Ni los sollozos de nuestras mujeres. Sólo los míos. Ya no quiero dormir más, sólo llorar por ti, madre.
Lo olvidaste, madre, lo olvidaste.
Yo soy Inás, sibila de Mesilas. Y recibí el don. No quiero volver a soñar, pero lo hago.


Esteban González García - 2009
6º clasificado en el concurso TDL8 del portal Sedice.com

viernes 2 de enero de 2009

Oro, Incienso y ¿Mirra?


Mateo 2:11, Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.

Recorrieron una gran distancia desde el lejano oriente. Siempre en pos de la señal, del refulgente cometa que surcaba el cielo nocturno. Según la leyenda, en el sitio en que esa estrella descansara, hallarían al Rey de los Hombres. Y ellos, sabios entre los más sabios, se dirigieron hacia ese lugar con la mejor de sus voluntades, con el más puro deseo de bienvenida, aportando un cofre de oro cada uno para honrar al Rey de todos los Reyes.
Los Magos, preocupados por los bandidos, pensaron que la mejor manera de proteger su oro en los solitarios y peligrosos caminos era la discreción y sus propios poderes. Por ello viajaban con un séquito mínimo, con poco equipaje y con ropas más propias de mercaderes de especias que de Reyes Magos.
Su pequeña comitiva la formaban sólo tres pajes. Cada uno de ellos se ocupaba de un mulo de carga, en cuyas alforjas viajaban los víveres, el agua y lo poco que los Reyes habían considerado necesario. Además, oculto en el fondo de su alforja, cada bestia transportaba uno de los cofres con el tesoro.
El plan era astuto y funcionó a la perfección, hasta que llegaron al río Jordán. Allí, los tres pajes se negaron en redondo a continuar, ya que cruzar ese río era motivo de mala suerte según sus supersticiones y creencias. Y nada de lo que los Magos intentaron u ofrecieron consiguió cambiar la decisión de los pajes.
Así que los tres Reyes vadearon el cauce, y al alcanzar la otra orilla comprendieron que no podrían continuar el viaje ellos solos, ya que les era imposible cabalgar y ocuparse de las tareas propias de un sirviente.
Por el camino vieron venir a un hombre con su carga al hombro, vestido con ropas sencillas.
-Buen día, viajero. ¿Hacia dónde te diriges?
-A Jerusalén –fue la respuesta del hombre-. Llevo este saco de incienso al mercado, intentaré venderlo a la sinagoga.
Sin duda le vieron cara de persona honrada, y hablando con él consiguieron que les sirviese durante su viaje a cambio de una justa paga.
Al poco vieron a otro hombre que venía por el mismo sendero, también con un saco al hombro.
-Buen día, viajero. ¿Hacia dónde te diriges?
-Al mercado de Jerusalén –respondió el hombre-.
-¿Qué es lo que transportas? –le preguntaron los Reyes Magos.
El hombre enrojeció y bajando la mirada al suelo respondió con humildad.
-Cagarrutas de camello.
-¿Cómo? –preguntaron los tres Magos al unísono.
-Sí, excrementos de camello. Una vez secos tienen muchas utilidades.
En él reconocieron a otro buen hombre, y también consiguieron convencerle para que les sirviese durante su viaje.
Un fariseo, que había escuchado la última conversación y que también llevaba un atado al hombro, se ofreció voluntario a completar el número de sirvientes.
-Yo vivo en Jerusalén y me dirijo a vender en el mercado estas telas. Si ustedes lo precisan puedo servirles durante el camino.
A ninguno de los tres Reyes les gustó el aspecto ni la codiciosa mirada de aquel hombre, pero al no ver a nadie más por el camino, tuvieron que aceptar sus servicios, muy a su pesar.
El resto del viaje transcurrió con normalidad, y siguiendo la estela de luz del firmamento llegaron hasta las proximidades de Belén, donde los tres nuevos pajes se despidieron de sus señores. Pero los Magos, desconfiando del mercader de telas, antes de separarse y de pagarle su jornal, le hicieron mostrar lo que envolvía su hatillo.
Comprobaron que en verdad llevaba telas, y nada de lo que mostró había sido sustraído del equipaje. Además, el arca que él había cuidado tenía el oro intacto, por lo que se disculparon y le pagaron lo acordado.
Esa misma noche, los tres Reyes Magos de Oriente llegaron hasta el humilde establo en el que la luz de una estrella derramaba su claridad, y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes.
El primero abrió su baúl y mostrándole el oro se lo ofreció reconociéndole como Rey de los Reyes de la tierra.
El segundo ofreció el cofre a María, reconociendo a su hijo como el verdadero Dios de los hombres. Cuando lo abrió, lo vio lleno de incienso. Entonces comprendió que su paje le había robado y engañado. Mas ninguno de los tres dijo nada.
El tercero ofreció el arca a José, y viendo el engaño que había sufrido su compañero temió haber padecido la misma suerte. Sin embargo no pudo reprimir un grito cuando abrió el cofre.
-¡Pero si eso es mi…! ¡Mirra! ¡Mirra, quiero decir!
Avergonzados, los tres Magos se marcharon, dejando al Niño recién nacido en su humilde pesebre. Subieron a sus monturas y no pararon hasta abandonar esas inhóspitas tierras en las que la gente de aspecto honrado robaba sin pudor y los codiciosos de mirada ladina se comportaban como sirvientes honrados y fieles.

Cerca de allí, los tres hombres que habían servido a los Reyes se dirigían hacia el mercado de Jerusalén, cada uno cargando sus mercancías.
-Escucha –dijo el mercader de telas-. Como yo vivo en Jerusalén y me dirijo al mercado, creo que no es necesario que tú también camines hasta allí. ¿Cuánto esperas sacar por tu saco de incienso?
-Cuarenta monedas de plata –respondió el otro.
-Te ofrezco treinta, y te ahorro la caminata. Así podrás regresar a atender tus negocios cuanto antes.
El hombre lo meditó durante unos minutos y decidió aceptar. De este modo el fariseo compró el saco de incienso de su compañero.
-¿Y tú, cuánto conseguirás por un saco de boñigas de camello?
-Diez cobres, con suerte –respondió.
-Te ofrezco siete y también te evitas la caminata. De esta forma podrás volver antes junto con tu familia.
El hombre lo pensó un instante y también aceptó.
Los tres hombres se separaron, todos camino de su hogar. Dos regresaron contentos por haber obtenido rápidos beneficios sin haber llegado al mercado y el otro por haber comprado unos sacos llenos de oro a cambio de unas míseras monedas.

José, el carpintero, abrió uno de los arcones y cogiendo parte de su contenido alimentó la fogata que les daba calor.
-Hay que ver, María. ¡Qué tipos más raros esos Magos! Allí en su tierra le llaman mirra al estiércol seco de camello. Pues no podían haber traído cosa mejor para esta fría noche. Ni con todo el oro de ese cofre encontraríamos cama en las abarrotadas posadas de Belén.
Navidad 2006

viernes 31 de octubre de 2008

¿Truco o trato?


Fue hace un año. Era una noche oscura, apacible, fresca como corresponde a estas fechas, pero apacible. En la tele una buena peli, la posada casi vacía y todos los parroquianos atendidos. Mi sillón de orejas confortablemente acolchado, mi mantita, mi copita de brandy, mi purito, mis zapatillas de borreguito y mi pijama de frenela recién estrenado. Todo era paz y lánguida tranquilidad al amor de la luz de la chimenea.
¡Ding dong!
La puerta. ¿Quién puede ser a las 10 de la noche?
Aparto la mantita, dejo la copita, me levanto. ¡Ding Dong! ¡Ding dong!
Joé, qué prisas.
Abro. Son el conde Drácula, Frankenstein y una niña vestida de caperucita. ¡Truco o trato!
Drácula me mira con los ojos inyectados en sangre y Frankenstein da un torpe paso hacia mi puerta. La niña me mira fíjamente a los ojos. ¡Truco o trato!
Mmmmm... truco.
Pues danos caramelos.
O dinero
-apunta caperucita.
Me lo pienso.
Bueno, pues entonces trato.
Pues danos caramelos.
O dinero -apuntilla caperucita de nuevo.
Franki avanza otro paso, amenazadoramente. El conde se sube el embozo de la capa, tapando sus siniestros colmillos. La niña sigue mirando fíjamente mis ojos, con la mirada hueca, vacía.

¡Caramelos!

¡Dinero!

Estoy acojonado, siento paralizadas las piernas. Balbuceo, no soy capaz de articular palabra. Los ojos de caperucita dominan mi mente. No puedo ni parpadear.
¡Dinero! ¡Danos dinero! -rugen los tres.
Entorno la puerta. Franki mete un zapatón entre la hoja y el marco, no puedo cerrar.
Entro a buscar la cartera. Y unos caramelos.
Rebusco nervioso por la cocina. ¿Dónde están los ajos?
Un crucifijo, necesito un crucifijo. Pero recuerdo que soy ateo y en la posada no hay ninguno.
Cuando salgo, la niña ha tomado la delantera y está dentro, dios mío, está dentro. Drácula y Frankenstein la escoltan en el umbral, bloqueando la puerta. Abro la cartera, con un pulso terrible. Odio Halloween.

Solo tengo cincuenta euros. ¿Tenéis cambio?
Caperucita me lo arrebata de la mano, desafiándome con la mirada. Voy a protestar, pero Drácula se adelanta, amenazador. Frankenstein gruñe. Reculo.
Es igual, quedároslo. Se van. Cierro con cien cerrojos.
Comienzo a hiperventilar, joder, me he meado encima. Se ha mojado la franela y el borreguito de mis zapatillas. El puro se ha apagado y el brandy sabe amargo.
¡Ding dong! Se me para el corazón.
¡Ding dong! Corro hacia la puerta y empujo con todas mis fuerzas. Han vuelto, han vuelto.
¡Ding dong! ¡Ding dong! Golpean la puerta, dios mío, no voy a poder resistir.
Se marchan. Caigo de rodillas, sollozando. Estoy destrozado. Ellos me están obligando. Yo no quiero, no quiero, no quiero.
Fue hace un año. Hace justamente un año, una noche como ésta.
Hoy no llevo pijama de franela ni zapatillas de borreguito. Llevo mi buzo de trabajo y mis botas reforzadas. Lo tengo todo listo.
Miro por la ventana, ya está oscuro. Hace frío y llueve, es una noche estupenda, me vuelve a encantar Halloween. Hoy he cerrado la posada, tengo cosas que hacer y no necesito parroquianos dando la tabarra.
Reviso el equipo, todo en orden. Estoy ansioso, sudo a mares. Aprieto tando los dientes que empiezan a rechinarme. La espera está siendo interminable.
¡Ding Dong!
Sí. Ya estan aquí.
Vuelvo a revisar todo. Este año va a ser distinto. El vecindario va a tener de qué hablar durante muuucho tiempo. Estoy deseando encontrarme a Drácula y a Franki. Ah, mi conde y mi monstruito favoritos. Os voy a machacar. Caperucita será la última. Ella lo verá todo y después la despedazaré. Espero que haya traído mis cincuenta euros o me tendré que cobrar de otra forma...
Tanteo el machete que llevo al cinto, afianzándolo. Me pongo la careta sobre el rostro y recojo la motosierra junto a la entrada. La voy arrancando, deleitándome con los gases de la gasolina.
Abro la puerta. Se van a cagar estos pequeños hijos de puta.
Antes me llamaban Jason, y nací un Viernes 13. Pero lo dejé. Hasta hace un año. Ellos me obligaron... yo no quería volver.
¿Truco o trato? Por favor, qué chorrada.

¡¡Susto o muerte!! -grito.

O las dos cosas.


jueves 9 de octubre de 2008

El Último Bastión

Agarrotado, sudoroso y extenuado, el soldado arrojó la espada al suelo. Su antes bruñida hoja se encontraba mellada y tinta en sangre putrefacta. Su otrora brillante armadura olía a carne en descomposición, a podredumbre, a muerte. Sufría por las llagas y rozaduras en carne viva de cada articulación. Llevaba más de cuarenta días sin quitarse la coraza metálica ni para dormir.
No tenían agua ni les quedaba alimento alguno. No tenían ejército ni comandante alguno. No tenían esperanza ni deseo de continuar alguno. El puñado de hombres que había sobrevivido hasta esa fatídica mañana lo había perdido absolutamente todo: esposas, hijos, posesiones, futuro y fe. Estaban condenados a perder la vida y no morir, sentenciados a la no-muerte, abocados a engrosar el ejército maldito del brujo.
Se sacó como pudo el yelmo y cayó exhausto al suelo. Casi de inmediato se sumergió, agotado, en un leve e inquieto duermevela, en el que sus acalambrados músculos descansaron algo y su atormentada cabeza ardió aún más, consumida por la fiebre, rememorando el asedio que sufrían.
Ante él pasaron todos los camaradas caídos. Corrieron en plenitud y llenos de vigor. Desfilaron cansados, sangrantes y heridos de muerte. Se arrastraron grotescos, mutilados y carentes de todo sentimiento, empuñando sus aceros, ahora contra él, contra todos sus antiguos compañeros de armas. Los recuerdos torturaban su alma; había dado muerte al menos diez veces a muchos amigos, había cortado manos, segado cabezas y quemado cuerpos horribles llenos de pústulas. Pero siempre volvían, siempre. Cada anochecer se levantaban de nuevo de sus tumbas, alimentados por el halo malvado del hechicero negro. Cada anochecer.
Un hombre contra una fortaleza. Al principio se habían reído, cuando el hechicero solicitó entrar a descansar y a consultar los viejos archivos del castillo. Por supuesto no le franquearon el paso, de sobra estaban advertidos de su baja calaña y de sus negras artes. Al principio se habían burlado de sus amenazas, cuando indignado maldijo la alcazaba y a todos sus habitantes. Al principio se habían jactado de sus pretenciosas palabras cuando hecho una furia había vuelto sobre sus pasos.
Pero risas y burlas se trocaron en llantos y pánico cuando regresó al mando de unos pocos cientos de cadáveres putrefactos, cojos, mancos, descabezados e incontenibles. Ya nadie reía cuando trajo peste y viruela sobre los soldados. Nadie recordaba ya las burlas cuando el agua se pudrió en los aljibes, fermentando, llena de gusanos.
El fortín mantuvo sus defensas intactas al comienzo, pero los caídos engrosaban las filas enemigas noche tras noche. Pronto, la podredumbre se fue extendiendo dentro de las murallas y se vieron obligados a arrojar los cuerpos de los soldados muertos al otro lado del muro, con lo que el acoso de la hueste del nigromante era cada vez mayor.
Torre a torre, puerta a puerta, los defensores fueron cediendo desesperados, sitiados ante un enemigo que nunca se cansaba, que nunca moría, que en cada batalla veía engordado su número con los caídos en combate. Todas las noches eran derrotados un poco más, todas las noches cedían terreno frente al lento e implacable avance de los muertos en vida.
Las mañanas traían algo de paz. Durante las horas de sol, el ejército de no-muertos abandonaba el sitio, escondiéndose en bosques y fosas, buscando el amparo de la oscuridad. Pero el último rayo de sol traía la maligna voz de los conjuros del brujo, llamando a las armas a las torturadas almas que componían su ejército. La llegada de la oscuridad barría la esperanza de los defensores.
Muchos habían tratado de escapar durante las mañanas. Pero otras malignas criaturas, al servicio del siniestro mago, mantenían cerrado el cerco, hostigando y dando muerte a los fugitivos, que pasarían esa misma noche a obedecer las órdenes de su amo. El castillo era una ratonera cerrada.
Moviendo con dolor el cuello observó el desolado aspecto a su alrededor. El último reducto del alcázar, la capilla de la Diosa de la Vida, era ahora la auténtica definición de muerte. Los pocos supervivientes descansaban tumbados sobre los propios cadáveres de sus otrora compañeros, sobre charcos de humores descompuestos, entre excrementos y vómitos, entre ratas y cuervos. La puerta, desvencijada y hecha astillas, descansaba caída a un lado, franqueando el paso a todo el ejército enemigo. Sólo la llegada del amanecer había aplazado la ejecución de la sentencia.
Pero el día se terminaba. Y el viento traía ya la siniestra voz del nigromante, conjurando a sus lacayos de vuelta a la vida. Su alma buscó refugio en el rincón más recóndito del corazón, tenía la certidumbre de que esa misma noche iba a ser devorada por la maldad del hechicero.
En nada de lo que le rodeaba encontró algo de esperanza que mantuviera viva su llama. El desánimo y el agotamiento eran plenos vencedores de la batalla. No era posible la victoria contra un enemigo que jamás se rendía, ni vivo ni muerto.
Llegó la noche, pero el soldado no se levantó, su enguantada mano no empuñó la doblada y sucia espada. A su lado, un antiguo compañero muerto comenzó a tener estertores mientras se alzaba del suelo, impulsado por la maligna magia que le daba aliento. Esta vez no oyó las siniestras palabras que traía el viento, pues fueron ahogadas por los gemidos de agonía de los últimos supervivientes. Ni siquiera quiso abrir los ojos. De sobra conocía la escena que estaba ocurriendo a su alrededor.
-Ven con nossotross… -oyó.
Abrió somnoliento los párpados y se vio rodeado por deformes y mutilados soldados, viejos camaradas todos, privados del descanso eterno. Las miradas vacías de los no-muertos se dirigían implorantes a su alma, rogando por una muerte que nunca llegaba, llenas de rabia y odio por lo que ellos habían perdido y que ahora torturaba su espíritu.
-Debess morir... ssólo assí noss permitirá desscanssar el brujoo...
El soldado, viéndose acosado por todas partes, sacó fuerzas de donde no tenía y rodó hasta donde había tirado la espada. El frío tacto de su empuñadura le dio ánimo otra noche más.
De un tajo cortó varias piernas, mientras luchaba por ponerse en pie, venciendo el peso de su armadura. Golpeó a ciegas, sin detenerse a comprobar quién recibía su acero. No quería reconocer en aquellos seres corruptos a ninguno de sus amigos. Pensó en las jarras de cerveza que había compartido con ellos, en los dorados lechones asados a fuego lento, en las jugosas manzanas y las tiernas zanahorias, mientras su espada cortaba brazos descarnados, sonrisas huecas y miembros podridos. Hasta que debilitada por los miles de golpes, su fiel hoja se quebró en el costillar de alguno de los muertos en vida.
Arrojó furioso la empuñadura al rostro de la muerte y dando un giro sobre sí mismo tomó una antorcha de la pared. Usándola como mandoble, comenzó a golpear a diestra y siniestra, prendiendo fuego a todo lo que le rodeaba. La carne en descomposición ardía en llamaradas azuladas de olor empalagoso y dulce, impregnando el denso ambiente del templo sagrado. El soldado gritó desesperado.
Un nuevo tropel de enemigos llegó renqueante hasta la pequeña capilla. Decenas de armas melladas o rotas se alzaron a un tiempo contra él, indefenso y desvalido, arrodillado frente la muerte, humillado ante su guadaña. Todos a un tiempo se arrojaron encima, arrancándole la coraza y las grebas, mordiendo su carne, masticando sus vivos miembros. Aterrado, gritó hasta dejar vacíos sus pulmones.
Al fin llegó la Eterna Oscuridad para él.

-¡Mi comandante, mi comandante! –alguien le zarandeó por el hombro.
Ahogó un rugido desgarrado y buscó a tientas su espada, desesperado, queriendo escapar de las garras de la muerte.
-¡Mi comandante, despierte!
Abrió los ojos todo lo que pudo y reconoció su limpia e impoluta estancia, su cama, su ropa doblada con cuidado. Incluso reconoció el rostro del patán que le había despertado. Estaba sudoroso, jadeante, con el pulso acelerado y muy asustado.
Todo había sido un sueño.
-Mi comandante –volvió a repetir el joven soldado-. Hay un extraño brujo en el puente levadizo que solicita descanso en la fortaleza y acceso a los viejos legajos del archivo...


STB -2007

Relato ganador del concurso Círculo de Bardos III.

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