viernes, 2 de enero de 2009

Oro, Incienso y ¿Mirra?


Mateo 2:11, Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.

Recorrieron una gran distancia desde el lejano oriente. Siempre en pos de la señal, del refulgente cometa que surcaba el cielo nocturno. Según la leyenda, en el sitio en que esa estrella descansara, hallarían al Rey de los Hombres. Y ellos, sabios entre los más sabios, se dirigieron hacia ese lugar con la mejor de sus voluntades, con el más puro deseo de bienvenida, aportando un cofre de oro cada uno para honrar al Rey de todos los Reyes.
Los Magos, preocupados por los bandidos, pensaron que la mejor manera de proteger su oro en los solitarios y peligrosos caminos era la discreción y sus propios poderes. Por ello viajaban con un séquito mínimo, con poco equipaje y con ropas más propias de mercaderes de especias que de Reyes Magos.
Su pequeña comitiva la formaban sólo tres pajes. Cada uno de ellos se ocupaba de un mulo de carga, en cuyas alforjas viajaban los víveres, el agua y lo poco que los Reyes habían considerado necesario. Además, oculto en el fondo de su alforja, cada bestia transportaba uno de los cofres con el tesoro.
El plan era astuto y funcionó a la perfección, hasta que llegaron al río Jordán. Allí, los tres pajes se negaron en redondo a continuar, ya que cruzar ese río era motivo de mala suerte según sus supersticiones y creencias. Y nada de lo que los Magos intentaron u ofrecieron consiguió cambiar la decisión de los pajes.
Así que los tres Reyes vadearon el cauce, y al alcanzar la otra orilla comprendieron que no podrían continuar el viaje ellos solos, ya que les era imposible cabalgar y ocuparse de las tareas propias de un sirviente.
Por el camino vieron venir a un hombre con su carga al hombro, vestido con ropas sencillas.
-Buen día, viajero. ¿Hacia dónde te diriges?
-A Jerusalén –fue la respuesta del hombre-. Llevo este saco de incienso al mercado, intentaré venderlo a la sinagoga.
Sin duda le vieron cara de persona honrada, y hablando con él consiguieron que les sirviese durante su viaje a cambio de una justa paga.
Al poco vieron a otro hombre que venía por el mismo sendero, también con un saco al hombro.
-Buen día, viajero. ¿Hacia dónde te diriges?
-Al mercado de Jerusalén –respondió el hombre-.
-¿Qué es lo que transportas? –le preguntaron los Reyes Magos.
El hombre enrojeció y bajando la mirada al suelo respondió con humildad.
-Cagarrutas de camello.
-¿Cómo? –preguntaron los tres Magos al unísono.
-Sí, excrementos de camello. Una vez secos tienen muchas utilidades.
En él reconocieron a otro buen hombre, y también consiguieron convencerle para que les sirviese durante su viaje.
Un fariseo, que había escuchado la última conversación y que también llevaba un atado al hombro, se ofreció voluntario a completar el número de sirvientes.
-Yo vivo en Jerusalén y me dirijo a vender en el mercado estas telas. Si ustedes lo precisan puedo servirles durante el camino.
A ninguno de los tres Reyes les gustó el aspecto ni la codiciosa mirada de aquel hombre, pero al no ver a nadie más por el camino, tuvieron que aceptar sus servicios, muy a su pesar.
El resto del viaje transcurrió con normalidad, y siguiendo la estela de luz del firmamento llegaron hasta las proximidades de Belén, donde los tres nuevos pajes se despidieron de sus señores. Pero los Magos, desconfiando del mercader de telas, antes de separarse y de pagarle su jornal, le hicieron mostrar lo que envolvía su hatillo.
Comprobaron que en verdad llevaba telas, y nada de lo que mostró había sido sustraído del equipaje. Además, el arca que él había cuidado tenía el oro intacto, por lo que se disculparon y le pagaron lo acordado.
Esa misma noche, los tres Reyes Magos de Oriente llegaron hasta el humilde establo en el que la luz de una estrella derramaba su claridad, y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes.
El primero abrió su baúl y mostrándole el oro se lo ofreció reconociéndole como Rey de los Reyes de la tierra.
El segundo ofreció el cofre a María, reconociendo a su hijo como el verdadero Dios de los hombres. Cuando lo abrió, lo vio lleno de incienso. Entonces comprendió que su paje le había robado y engañado. Mas ninguno de los tres dijo nada.
El tercero ofreció el arca a José, y viendo el engaño que había sufrido su compañero temió haber padecido la misma suerte. Sin embargo no pudo reprimir un grito cuando abrió el cofre.
-¡Pero si eso es mi…! ¡Mirra! ¡Mirra, quiero decir!
Avergonzados, los tres Magos se marcharon, dejando al Niño recién nacido en su humilde pesebre. Subieron a sus monturas y no pararon hasta abandonar esas inhóspitas tierras en las que la gente de aspecto honrado robaba sin pudor y los codiciosos de mirada ladina se comportaban como sirvientes honrados y fieles.

Cerca de allí, los tres hombres que habían servido a los Reyes se dirigían hacia el mercado de Jerusalén, cada uno cargando sus mercancías.
-Escucha –dijo el mercader de telas-. Como yo vivo en Jerusalén y me dirijo al mercado, creo que no es necesario que tú también camines hasta allí. ¿Cuánto esperas sacar por tu saco de incienso?
-Cuarenta monedas de plata –respondió el otro.
-Te ofrezco treinta, y te ahorro la caminata. Así podrás regresar a atender tus negocios cuanto antes.
El hombre lo meditó durante unos minutos y decidió aceptar. De este modo el fariseo compró el saco de incienso de su compañero.
-¿Y tú, cuánto conseguirás por un saco de boñigas de camello?
-Diez cobres, con suerte –respondió.
-Te ofrezco siete y también te evitas la caminata. De esta forma podrás volver antes junto con tu familia.
El hombre lo pensó un instante y también aceptó.
Los tres hombres se separaron, todos camino de su hogar. Dos regresaron contentos por haber obtenido rápidos beneficios sin haber llegado al mercado y el otro por haber comprado unos sacos llenos de oro a cambio de unas míseras monedas.

José, el carpintero, abrió uno de los arcones y cogiendo parte de su contenido alimentó la fogata que les daba calor.
-Hay que ver, María. ¡Qué tipos más raros esos Magos! Allí en su tierra le llaman mirra al estiércol seco de camello. Pues no podían haber traído cosa mejor para esta fría noche. Ni con todo el oro de ese cofre encontraríamos cama en las abarrotadas posadas de Belén.
Navidad 2006

4 comentarios:

Susana Eevee dijo...

¡Genial, Esteban! ¡Qué buen relato! Muy bien escrito y ciertamente ingenioso.
De pequeña siempre me preguntaba qué sería eso de la mirra, y mira tú por donde lo que era...

Francisco Javier Illán Vivas dijo...

Muy necesario, por cierto, el estiercol seco de camello. Para encender el fuego y calentarse ne las noches frías del desierto, pero también para encender la lumbre, para hacer tortas, para... en aquellos tiempos en que no disponías de Gas natural, ni de propano, ni de catalítica, ni de calefacción central (excepto las ventosidades de la vaca y la burra), debía ser un regalo muy preciado.

Saludos.

STB dijo...

Hola, Susana. Hola, Paco.
Gracias por pasaros. Me alegra que os guste este viejo relato navideño que tenía por ahí (navidad 2006, creo).
;)

Halatriste dijo...

Gracias por tu visita y me ha gustado el relato.

Un saludo